El cuarto donde habita mi ruiseñora se nutre con el ruido de mi demora, los cantos de la calle se estan plegando y el mórbido reloj mira blasfemando. Después la lluvia encumbra sus volantines y moja alguna estrella que agoniza entre violines y agolpa sus rebenques desmelenados, a la anca de mi potro que no ha piafado.
De noche todo es claro si en su cortina ondula una cadera que se adivina, sacude su pañuelo la manterasa y enciende las señales por donde pasa, mi atávico desvelo buscando casa. La cama adonde espera mi buena moza, es tibia como el vientre y es luminosa, viniendo de la lluvia y forzando puertas, aprecio que su gana ya está despierta.
La cama adonde escurro mis homenajes es donde desterramos la barrera de los trajes y es donde de algun modo, su resolana, se adueña de mi lengua tan soberana. Allí nos respiramos de diestra suerte, allí nos cobijamos por si la muerte, allí yo le regalo mis estertores y allí ella me devora con mil amores, cogiendo de mi sangre las frescas flores.
La cama adonde anida su pulpa suave es esa donde yergue su cuello de ave, y aquella adonde estira su claro modo amándome de cerca y mordiendo todo. Su cama multiplica mi envergadura que es llave con la que abro su opulenta sabrosura, que es fuego con el que hecho su frío afuera, y anido su gemido cuando lo quiera.
Viniendo de tan lejos estoy tan hondo, tan cerca de su dentro y tan al fondo, tan ávido y completo, tan estrujado, tan posesivo y pleno, tan aplicado que cuando el nuevo día se asoma, me alza.
Patricio Manns
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