sábado, 22 de diciembre de 2012

Universidad de Chile


      Después de años sin previsión, ayer recibí una buena noticia al respecto; luego de que me mordió una de mis perras y al rato casi me quiebro un codo por caerme cuando doblé inocentemente del pasillo de mi casa a la cocina, y además sobre eso tener que pasearme por la mitad de Santiago con el brazo chulo buscando un lugar en que me lo vieran por menos de quinientas lucas y que no fuese El Salvador (que en verdá no salva a nadie), ¡bingo!, fui a parar al Jota y descubrí que por ser de la Chile sólo pago los insumos. Mish.

       Porque ser de la Chile me ha hecho distinta. Y además ahora tengo algo así como una previsión y no voy a morirme ni de enfermedad ni de pobre por la deuda de la clínica.

        Ser de la Chile tiene un par de beneficios así. La gente te mira bonito cuando acompañas el nombre de tu carrera con la universidad a la que esa carrera pertenece. De las pocas veces que tomo metro o micro (todo gracias a mis papás que pueden y han querido irme a dejar en auto hasta cuarto medio y más; gracias papás) a veces me encuentro pensando en qué pasaría si los jóvenes tuviéramos el logo de nuestra universidad, así como un holograma, sobre la cabeza. A veces cuando ando inquieta, con un polerón que me queda grande y muevo la cabeza en negativa ante alguna noticia de estafa guberno-eclesiástica típica de esas teles modernas que hay ahora en un par de líneas modernas del Metro, y alguna señora católica-piñerista que le gusta la ropa ajustada me mira mal, me pregunto qué pensaría si supiera que soy de la Chile. A falta de ello saliendo de la U he visto a un par de pergüétanos que, orgullosos de ser de la Chile, se lo bordan a sus mochilas. Para mí más que nada significa un alivio saber que tengo previsión.

     La "Torre 15" es una lastra y la coordinación de mi facultad pésima con "P". Hay un par de ramos en que se aprueba y reprueba como se quiere, y mi decana con cara de Búho o bien es bipolar o bien doble estándar, pero algún gusano negro le carcomió el alma desde que se le olvidó que es humana igual que uno, y que aún en su cargo los estudiantes somos ágiles y jóvenes y bien podemos mearla, cagarle la cara y correr. Qué decir de la señora vicedecana, que en volá si le tiran agua se le destensarían un poco las arrugas de la cara y dejaría de ser cien de cien una amargada. Estudio Literatura hispánica, y el departamento de Hispánica es un desastre con patas. La sala 216 fue insoportable en Marzo con 45 personas siendo para 35.

    No estoy tan orgullosa de ser de la Chile porque sea la Chile, pero me gusta Brncic, Vaisman y tener previsión. Me gusta mi pololo que es de la Chile y mis amigos que son de la Chile. Me gusta mi facultad de la Chile vieja porque es anaranjada y mi biblioteca de la Chile. Pero todo eso me seguiría gustando si no fuera parte de la Chile. Sin embargo la quiero en cuanto me doy cuenta que la Chile fue nuestro punto de encuentro: fue la coincidencia precisa de profesores y personas y lugares increíbles e irrepetibles que la convirtieron en, de un modo u otro, un hogar.

     Por eso terminado este primer año resuelvo que me quedo aquí. Soy de la Chile y la quiero pese a que tiene cosas MUY MALAS porque en mi vida vino con cosas maravillosas como otros lugares también pudieron hacerlo, como en universidades privadas mucho más desprestigiadas también se deben hallar otras coincidencias de esta clase. La quiero pese a que esconda sus maldades tras un nombre rimbombante.

     El renombre, el prestigio y el que recibe sólo alumnos que ponderan sobre 600 puntos: las huevas. No hay que engañarse. No es la mejor, no es la única, ni incluso tiene por qué ser la primera opción.

     Es verdad cuando dicen que la venda en los ojos nos tiene huevones: la universidad me ha enseñado mucho más que el nombre que van a encontrar mis jefes del futuro en mi cartón. Y además me dio previsión. 

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